HERALDO DE ARAGÓN entrevista a Sabina Fernández, Gaby Fraile, Sara Martín y Mar Sierra, alumnos de 2.º Bachillerato, para saber cómo ha sido el curso y cómo se van a preparar para la PAU.

Sabina Fernández, Sara Martín, Mar Sierra y Gaby Fraile, el viernes en una de sus aulas del instituto Virgen del Pilar de Zaragoza
Foto: Toni Galán
Reproducimos la entrevista realizada por Soledad Campo.
Son cuatro de los casi 7.000 estudiantes aragoneses, ellos del instituto Virgen del Pilar de Zaragoza, que se han preinscrito para hacer la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU). Será del 2 al 4 de junio. Sara Martín ha cursado el bachillerato de artes y está a la espera de si logra una beca para hacer cine en la Universidad de Nebrija, pero también está encantada con las alternativas de un grado superior de FP de audiovisuales en el instituto Los Enlaces o incluso periodismo.
De la misma modalidad de bachiller son Sabina Fernández, que quiere entrar en la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Huesca, aunque también tiene la vista puesta en Bellas Artes y ser profesora; y Gaby Fraile, que se matriculará en el grado en Historia y Ciencias de la Música en la Universidad de Granada. Mar Sierra es la excepción del grupo, con un bachiller científico. Hace dos meses descubrió que lo suyo es la carrera de Ciencias Ambientales en Huesca.
Este fin de semana, tras la graduación del viernes y la posterior fiesta, se lo toman de respiro, después de un segundo de bachillerato que, coinciden, ha sido un «golpe de realidad muy duro». El próximo lunes se sumergirán en una rutina planificada, mañanas en el instituto resolviendo dudas y entrenando ejercicios tipo PAU. Y por las tardes varias horas en la biblioteca. Aunque no necesiten ni la selectividad ni rozar la perfección para acceder a la carrera, no quieren cerrarse puertas.
El uso de detectores de frecuencia para evitar que se copie con la IA, la inesperada novedad de estos exámenes, la aplauden. «En la PAU se compite por décimas, por lo que es justo y necesario poner freno a las trampas. Es triste que hayan tenido que tomar una medida tan radical», opina Sierra.
Confiesa que este tema le tiene «especialmente enfadada». «Se sabe que hay gente, muy lista, que aquí copiaba pero no la han podido pillar. Da mucha rabia». Fraile cree que puede servir de disuasión: «Con esos aparatos rastreando señales no creo que nadie se vaya a jugar el 0 en toda la prueba».
La rebaja en las penalizaciones en las faltas de ortografía, sobre todo en Lengua Castellana y Literatura donde también se diferencian los errores por grafías y por tildes, la agradecen. «Me traen de cabeza las tildes, en Lengua un examen de 9 se me ha llegado a quedar en un 7. Sé que tengo que ir con cuidado y revisar», cuenta Martín. A Fraile le preocupa la presentación: «Tengo que agrandar mi letra porque escribo muy pequeño, lo estoy ensayando».
Bachillerato y selectividad con adaptaciones
Este tema no le incumbe a Fernández. Las faltas no le restan por la dislexia de la que está diagnosticada desde pequeña. «Hasta bachillerato no he tenido adaptaciones, no las habían visto necesarias, pero al llegar aquí me las propusieron porque la nota media es importante y lo he notado. También me dan media hora más de tiempo en cada examen», explica. Ahora las ha solicitado para la PAU.
La selectividad vivió una auténtica revolución el curso pasado y ellos se consideran «afortunados». «Ya está algo rodada y sabemos más que el alumnado anterior a lo que nos vamos a enfrentar», asegura Fraile.
Se buscaba una prueba menos memorística, con un giro competencial, pero opinan que se premian contenidos memorísticos y respuestas muy entrenadas. Aunque se apliquen los conocimientos, creen que buena parte del éxito es familiarizarse con el formato. «Todo tiene una estructura a memorizar, el tipo de preguntas y los conceptos y palabras claves que los correctores esperan encontrar», apunta Sierra. Asignaturas como Dibujo artístico marcan para Fernández la diferencia: «Requiere de mucha práctica y también juega el azar».
Los cuatro destacan el papel crucial que juegan los docentes. Sierra, que ha repetido segundo de bachiller, recuerda cómo le «animaron e involucraron» para que confiara en sus posibilidades: «He llegado a sentir mucha presión, pero lo he conseguido». Uno de los buenos recuerdos que se llevan es el club de lectura, en el que han trabajado libros enteros de los que la asignatura de Lengua solo exige fragmentos. Para la hora de la verdad tienen sus amuletos, desde el boli de siempre a una cartera diminuta con minúsculos recuerdos de amigos y unas sales cristalizadas en una pequeña piedra azul fruto de un experimento de clase.